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Soy gorda ¿y qué?

Sobre el hashtag #MásAnorexiaMenosGordas
Por Magdalena Piñeyro
La Doble Efe

Hoy he despertado con el Twitter echando fuego porque resulta que a algún imbécil se le ocurrió lanzar el hashtag #MásAnorexiaMenosGordas.
Por suerte, cuando se convirtió en Trendign Topic ya eran muchísimas las personas que le citaban para criticarle. Sin embargo, me pareció útil compartir aquí algunas líneas al respecto, pues la frase no deja de ser clarificadora respecto a algo que desde hace tiempo se denuncia en Stop Gordofobia: la gordofobia reinante en nuestras sociedades alimenta el odio corporal en todxs, y con ello los trastornos de conducta alimenticia. Un hecho en el que, por cierto, somos protagonistas las mujeres debido al carácter machista de nuestras sociedades.
Con intención de aportar un granito de arena a la crítica de este hashtag, les dejo a continuación algunos fragmentos de mi libro “Stop Gordofobia y las panzas subversas” en las que analizo esta cuestión.

La dieta como disciplinamiento de género

El mundo light encandila y enceguece.
La Tabaré Riverock

Los trastornos de conducta alimenticia, como por ejemplo la anorexia y la bulimia, son formas de enfermar específicamente femeninas: según la Federación Española de Asociaciones de Ayuda y Lucha contra la Anorexia y la Bulimia (FEACAB) entre un 90% y un 95% de las personas que sufren estas enfermedades son mujeres .
Si bien abundan las teorías que pretenden explicar los Trastornos de Conducta Alimenticia (TCA) desde una perspectiva individual, Naomi Wolf mantiene que éstas emprenden el camino equivocado ya que los TCA son una cuestión política que debe ser analizada haciendo hincapié en un orden social concreto que ensalza la dieta y el hambre en las mujeres, y propicia el surgimiento y propagación de estas enfermedades. Este mundo –afirma la autora- nunca transmite a las jóvenes el mensaje de que serán aceptadas con cualquier tipo de cuerpo, ni que ellas tienen valor por sí mismas (con o sin belleza). Si no más bien al contrario.

Wolf relaciona los TCA con la violencia simbólica que se ejerce sobre las mujeres, poniéndolas en conflicto con sus corporalidades: «la dieta y la delgadez de moda enferman a las mujeres (…) ser anoréxica o bulímica es ser una presa política». El disciplinamiento a través de la dieta (la cual es definida por la autora como un purgatorio, como un campo de exterminio individual) convierte el cuerpo de las mujeres en una prisión para ellas mismas: la mayoría piensa que pesa demasiado; todas han hecho dieta alguna vez en su vida; y una más que probable mayoría puede estar realizando algún tipo de dieta ahora mismo.

La cultura de la delgadez imprime a las mujeres el imperativo de la dieta constante, sea cual sea su peso, sea cual sea la forma de su cuerpo. Entra en juego la consciencia o la idea fija de que su cuerpo no está bien tal como está, y que el éxito provendrá de bajar de peso, y no de ninguna otra faceta de la vida. El pensamiento de la dieta y del estar “demasiado gorda” las lleva a estar en lucha contra sí mismas de manera permanente, gastando su energía en modificar su cuerpo y no en otras actividades (muchas de las cuales podrían ser emancipatorias):

«[La mujer hambrienta] ha sido políticamente castrada. No tiene la energía necesaria para enojarse ni para organizarse, para buscar el sexo, para gritar por un megáfono (…) Una fijación cultural por la delgadez femenina no es una obsesión por la belleza de las mujeres, sino una obsesión por su obediencia. Las dietas se han convertido en una “obsesión normativa” (…) La dieta es el más potente de los sedantes políticos de la historia de las mujeres.»

Las exigencias estéticas volcadas por la sociedad sobre los cuerpos de las mujeres, hacen referencia a un cuerpo que no pertenece a éstas, que parece no ser de su propiedad, y que como tal, queda expuesto a la aprobación ajena. El canon de la delgadez, el imperio de la dieta y el hambre, hablan de sumisión, culpa y obediencia; de disciplinamiento; de tiempo y energías invertidas en esclavitud y no en liberación.

Cita Naomi Wolf un estudio de la Universidad de Minessota sobre las dietas estrictas cuyos resultados establecen relaciones directas entre el seguimiento de las mismas y episodios de depresión, hipocondría, apatía, falta de concentración, histeria, furia y aislamiento social. También los investigadores Wooley y Wooley confirmaron que la preocupación por el peso conduce al colapso vital de la autoestima, mientras que Plivy y Herman expusieron que la restricción prolongada y periódica de las calorías da origen a una personalidad particular cuyos rasgos específicos son la pasividad, la ansiedad y la afectividad exagerada. ¿Son estos los rasgos que la sociedad patriarcal desea para las mujeres? Según Wolf no es casualidad que éstas sean las consecuencias de la dieta y el hambre impuestas, pues su misión es derribar los logros alcanzados por la lucha feminista, tales como que las mujeres obtuvieran seguridad en sí mismas, se sintieran capaces, valientes y valiosas, tuvieran la autoestima alta, los pensamientos claros, grandes metas por alcanzar y ganas de comerse el mundo. En el fondo la dieta enseña a las mujeres a odiarse a sí mismas y acaba con esta revolución. Tal como lo expresa la autora: «la ideología de la inanición destruye al feminismo».

Gordura vs. Delgadez

No es posible hablar de preocupación por los trastornos de conducta alimenticia sin hacer referencia al imperio de la delgadez, pero tampoco es posible teorizar sobre éste sin hablar del estigma de la gordura; ambos constituyen las dos caras de la misma moneda opresiva. En esta línea de pensamiento se cuestiona la activista gorda Charlotte Cooper la constante referencia a la delgadez pero la paralela invisibilización del cuerpo gordo que encontramos en los discursos feministas clásicos contra las dietas, los trastornos de conducta alimenticia, y por la autoaceptación del cuerpo. Conocidas teóricas como Susie Orbach o Susan Bordo, abordan la gordura desde la patologización, relacionándola con los trastornos alimenticios y la dismorfia corporal, de tal forma que –expresa la autora- «todas hablan de la gordura pero no dicen nada sobre ella». Por ello Cooper plantea la necesidad de un feminismo que hable de la gordura, que abogue por la aceptación de todos los cuerpos, y que deje de hacer oídos sordos a cuarenta años de activismo gordo, de voces y reflexiones que hablan de despatologización y diversidad corporal.

Naomi Wolf, por su parte, se explaya en el El mito de la belleza sobre el disciplinamiento de la delgadez y el hambre, pero apenas lleva a cabo una breve referencia al hecho de que este disciplinamiento se estructura sobre el odio a la gordura. La autora relaciona este odio con una cuestión misógina, pues asegura que la gordura está relacionada con la fertilidad y el deseo. Las mujeres de delgadez extrema suelen contar con irregularidades menstruales, menor fertilidad, así como menor deseo sexual, por lo que concluye que las privaciones dietéticas no sólo son una cuestión de disciplinamiento de género sino también una forma de negar la “feminidad” desde la negación de la gordura, la sexualidad y la capacidad reproductiva de las mujeres:

«¿Qué es, pues, la grasa? En la literatura del mito aparece como una suciedad femenina sobrante, virtualmente una materia cancerosa, una infiltración inerte o traicionera de basura nauseabunda y abultada dentro del cuerpo. Estas caracterizaciones demoníacas de una simple sustancia corporal no surgen de sus propiedades físicas, sino de una anticuada misoginia, ya que, por encima de todo, la grasa es femenina.»

La gordura es encarnada por millones de mujeres alrededor del mundo. Hablar del imperio de la delgadez y no de gordofobia supone una invisibilización absoluta, no sólo del “motor negativo” del emprendimiento de las dietas (el positivo es el deseo de la delgadez, el negativo el odio a la gordura), sino de la gente gorda que es enarbolada como ejemplo de lo que nadie quiere ser, lo que Judith Butler denomina (haciendo referencia a la categoría del sexo, pero extrapolable a nuestro caso) el entorno constitutivo de la norma, lo abyecto. Según la autora, la abyección constituye los límites del terreno del sujeto que se construye en base al miedo o la amenaza de ser “lo otro”:

«[La forma] mediante la cual se forman los sujetos requiere la producción simultánea de una esfera de seres abyectos, de aquellos que no son “sujetos”, pero que forman el exterior constitutivo del campo de los sujetos. Lo abyecto designa aquí precisamente aquellas zonas “invivibles”, “inhabitables” de la vida social (…) El sujeto se constituye a través de la fuerza de la exclusión y la abyección (…) La formación del sujeto exige una abyección y su condición de espectro amenazador.»


Imagen 1: Acción callejera contra la norma estética.
[Fuente: Stop Gordofobia]

Son numerosas las campañas y acciones callejeras que invitan a las mujeres a no ser presas de la imagen o la talla 38 [ver imagen 1], pero nadie hace alusión a la aceptación de la gordura. Se habla de la talla 38, pero nadie dice nada de la talla 52. Craso error, pues este orden social utiliza diariamente a la gorda como fantasma, como ese lugar inhóspito que nadie quiere visitar, el cuerpo que nadie quiere calzar, la aterradora figura que temen ver reflejada en su espejo; la gorda es, en definitiva, la thinspiration. Si cada vez la norma de la delgadez es más exigente, es porque como contrapartida el concepto maleable de la gordura –y su correspondiente estigma- empieza cada vez con menos centímetros y menos kilos. Probablemente, la gran mayoría de las chicas que acaban con TCA han sido antes víctimas de bullying gordofóbico, o están siendo ellas mismas gordofóbicas con las demás y consigo mismas, incluso sin ser claramente gordas ni unas ni otras. En realidad el problema no está en que se vean gordas y no lo sean, sino en la carga negativa que tiene la palabra gorda: el mandato gordofóbico nos espeta que ser gorda está mal.

Ser gordofóbica constituye una ganancia en lo que Naomi Wolf llamó “libertad social de las mujeres” en la sociedad patriarcal: la obediencia a la dieta y a la delgadez es aplaudida y honrada por una sociedad que las quiere sumisas al régimen del hambre. Y así es que muchas escogen el camino de la esclavitud, en lugar de la lucha por la liberación. Si tal como la autora plantea, la disciplina de la inanición quiere acabar con el feminismo, ¿será la aceptación de la gordura su salvación?

En realidad, la definición de la palabra “gorda” y el sujeto revolucionario de la lucha antigordofóbica causan actualmente numerosos conflictos y debates ideológicos en la fatosphere hispanohablante, los cuales por el momento no encuentran solución. Resulta difícil delimitar quién es gorda sin utilizar para ello las herramientas conceptuales del opresor, como lo son el peso o el IMC. Además, ya lo dijo Laura Contrera en uno de esos debates: «si me tengo que pesar no es mi revolución».

Por otra parte, las exigencias de peso cada vez más estrictas (sobre todo con las mujeres) suponen un aumento del número de personas que se “sienten” gordas o se ven a sí mismas como tales, sin serlo realmente al ojo de toda de la sociedad ni tampoco bajo términos científicos.

Entonces, ¿quién es gorda? ¿qué es la gordura?

Quizás la defensa de la aceptación de la gordura no implique abogar por un tipo de cuerpo sino por un tipo de conducta: la rebelión contra el régimen del hambre. Quizás sea una incitación a dejar de odiar el cuerpo y a cesar la (auto)guerra contra él; una exhortación a dinamitar ese deseo permanente de modificarse y adaptarse a la norma de la delgadez; una invitación a quemar las dietas, el control y el disciplinamiento corporal, al grito desobediente, feminista e insumiso de:
«SOY GORDA ¡¡Y QUÉ!!»

gaby

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